jueves, 8 de noviembre de 2012

Las vidas paralelas de Tutankamón y el último heredero del zar ruso


Serguéi Petujov, RIA Novosti

El pasado domingo, 4 de noviembre, el faraón Tutankamón tuvo dos aniversarios a la vez. Primero, se cumplieron exactamente 90 años desde el momento en el que el arqueólogo británico Howard Carter y el patrocinador de su expedición, el conde Carvarvon, entusiasta aficionado a la arqueología, abrieron en el Valle de los Reyes en las afueras de la cuidad egipcia de Lúxor la puerta que conducía a la tumba de Tutankamón.
Los sellos de la puerta estaban intactos, algo nunca visto antes ni después por los egiptólogos.  A pesar de que la tumba había sido forzada en su momento por los ladrones, no consiguieron sacar de allí todos los objetos valiosos y durante el reinado del faraón Ramsés VI el acceso a la cámara funeraria fue deliberadamente obstaculizado.
Segundo, porque se cumplen cinco años desde el día en el que las autoridades egipcias mandaron sacar la momia de Tutankamón de su sarcófago y lo expusieron a la atención de los visitantes en su tumba. Hasta aquellos momentos conocían el aspecto real de la momia únicamente varios centenares de expertos.
Sobre Tutankamón con toda seguridad se escribió todo lo posible. Incluso se le conceden poderes sobrenaturales y se habla de que cayó una maldición sobre aquellos arqueólogos que habían osado romper la paz de su sueño eterno.
Sin embargo, pocos investigadores se fijan en el sorprendente parecido que existe entre la XVIII dinastía egipcia, el último representantes de la cual fue este joven que padecía un mal incurable, y la familia del último zar ruso Nicolás Románov, cuyo único heredero varón sufría una enfermedad genética.
La expulsión de los nómadas
Tutankamón pertenece a la XVIII dinastía, que junto con las dos dinastías posteriores forman el llamado Imperio Nuevo, que existió durante casi cinco siglos, desde 1552 hasta 1078 a. C. Fue el período de mayor poderío del Antiguo Egipto de toda su Historia.
El fundador de la XVIII dinastía fue el faraón Amhose I, que subió al trono siendo muy joven. Expulsó de Egipto a los hicsos, nómadas semitas, que habían llegado al país durante el Imperio Medio desencadenando en Egipto un período de revueltas. Se hicieron llamar faraones, pero muchos se negaban a reconocer su poder. El país estaba dividido de hecho en Alto Egipto y Bajo Egipto y desgarrado por numerosas rencillas.
Amhose supo poner fin a los disturbios y emprendió la reunificación del país. Una figura que desempeñó el mismo papel en la Historia rusa fue el joven zar Mijaíl Fiódorovich, fundador de la dinastía de los Románov, que acabó con la invasión polaca y restableció la independencia del país.
Un faraón que promovía las reformas
El hijo de Amhose, Tutmosis I, fue para el Antiguo Egipto lo que fue para Rusia el zar Pedro el Grande, hijo de la segunda esposa del zar Alexéi Mijáilovich. En su juventud sofocó con sangrientas represalias la rebelión de los habitantes de Nubia, al igual que lo hizo el joven Pedro con los streltsí, miembros del cuerpo militar de élite. Tutmosis se empeñó en abrir “la ventana a Asia”, mientras que Pedro tenía el mismo planteamiento respecto a Europa y conquistó Palestina y Siria.
Fijó como lugar de entierro de los faraones un sitio nuevo, cerca de lo que hoy es la ciudad de Lúxor: actualmente lleva el nombre del Valle de los Reyes. Teniendo en cuenta la importancia que se daba en el Antiguo Egipto a la vida después de la muerte, la necrópolis fundada por Tutmosis podría compararse perfectamente con el hecho de haber fundado Pedro el Grande la nueva capital de Rusia, San Petersburgo.
No solamente cambió el sitio donde se daba sepultura a los faraones egipcios, sino que fue modificado el mismo formato del entierro. La última pirámide de Egipto se erigió sobre la tumba de Amhose I. La decisión de su hijo de renunciar a las montañas artificiales, cuya construcción precisaba de colosales recursos, en favor de túneles en las laderas de montañas naturales dio a la población señal de que las tradiciones del pasado habían quedado atrás y empezaba una nueva época.
El mismo mensaje quiso enviar a su pueblo Pedro el Grande, instalando la capital de Rusia en la recién fundada ciudad sobre el Neva.
La reina faraón y sus favoritos
En la dinastía de faraones reinante en el Imperio Nuevo hubo también su Catalina la Grande: la faraona Hatshepsut, que logró ampliar las fronteras del país hasta la costa oriental de África, mientras que las tropas egipcias salieron al Océano Índico. Curiosamente, igual que la Emperatriz rusa, le arrebató el poder a su nada carismático marido, que moriría en condiciones extrañas.
En la corte de la reina Hatshepsut tenían mucho peso los oficiales veteranos de guerra, son conocidos también sus numerosos favoritos, unos parecidos a Grigori Orlov y al todopoderoso Grigori Potiómkin; y otro, de tez morena, que recuerda mucho a los jóvenes amantes del tipo de Platón Zúbov.
En realidad se podría seguir encontrando un parecido entre la XVIII dinastía de los faraones y los Románov, aunque lógicamente no puede haber una total semejanza.
Todo parece indicar que la base de la evolución de las dinastías -su inicio, florecimiento y declive- radica en determinados momentos atemporales y alejados de la situación geográfica. Fruto de ellos son unas coincidencias realmente increíbles.

Hijo del marido de Nefertiti
La crisis de la dinastía empezó durante el reinado del padre de Tutankamón, el faraón Akenatón. La fatalidad concedió un papel especialmente trágico a la mujer del faraón, Nefertiti, al igual que ocurrió con el último Imperador ruso, Nicolás II.
La mayoría de los investigadores coinciden en que Nefertiti era una princesa extranjera. Tuvo seis hijas, pero ella y su marido parecían no poder lograr tener un  heredero. La Emperatriz rusa, después de cuatro niñas, dio a luz al príncipe Alexéi que padecía hemofilia congénita. Y Tutankamón nació de la esposa secundaria de Akenatón, Kiya.
Su momia desenterrada en el Valle de los Reyes en 1898 fue tomada en un principio por Nefertiti. Sin embargo, el examen del ADN llevado a cabo en 2010 reveló que se trataba con un 99.99% de probabilidad de la madre biológica de Tutankamón y de la hermana de Akenatón III, es decir, de su marido.
Un niño enfermo
Tutankamón nació de la unión de dos familiares cercanos y tenía una herencia muy grave. De hecho, estaba destinado a morir joven, al igual que el último príncipe ruso Alexéi, hijo del zar Nicolás II. Sin embargo, toda la familia Románov fue fusilada, mientras que tanto los padres como el propio Tutankamón tuvieron una muerte natural.
Durante tres largos años los científicos estuvieron buscando en los restos del faraón señales de una muerte violenta, entre 2007 y 2009 se llevaron a cabo los más variados estudios, radiografías, tomografías, estudios radiológicos y del ADN. No obstante, no se pudieron encontrar indicios del asesinato.
Sí que se le ha encontrado a Tutankamón, que murió a los 19 años, toda una serie de graves patologías de carácter hereditario, entre ellas el paladar hendido y una forma rara de la osteocondrosis, la enfermedad de Köhler. Posiblemente podría haber padecido también el síndrome de Shreshevki-Turner.
Reinó nueve años y murió en primavera de 1333 o 1334. La estación del año en la que murió es evidente, porque lleva al cuello una corona de flores. Seguramente habría quedado poco conocido si dos siglo después de su muerte el faraón Ramsés VI de la dinastía XX hubiera mostrado más respeto por las tumbas de sus antepasados y no hubiera tapado con piedras la entrada en la tumba de Tutankamón.
La época de los Ramsés
Después de la muerte de Tutankamón, en Egipto se produjo un cambio de dinastías, llegando al poder el faraón Ramsés I. Tanto en la dinastía XIX como en la XX el nombre de Ramsés era muy extendido y posiblemente por esta razón se convirtió en genérico para los faraones egipcios. Los expertos señalan los anhelos de unificar el Estado, propios de los faraones de estas dinastías, su apoyo en los funcionarios y en las fuerzas del mantenimiento de orden público, así como el hecho de ser asignado al complejo militar una considerable financiación.
Los ‘ramseses’ llevaron numerosas y exitosas guerras, pero el declive del Imperio se dejaba sentir. Después de la adhesión de nuevas provincias, el flujo de migrantes ya no constaba principalmente de esclavos. Y el Imperio empezó a adquirir rasgos de un Estado federal.
La revancha de los nómadas
El Imperio Nuevo acabó durante el reinado de Ramsés XI: uno de sus generales se proclamó faraón incluso durante la vida de Ramsés y tras la muerte del general su ejemplo lo siguió un funcionario de alto rango. Y mientras, el verdadero faraón seguía con vida y observaba todo el barullo.
Pero la cosa no paró allí: el fundador de la siguiente dinastía fue Sheshong, un hombre emigrado de Libia. Los libios fueron reemplazados en el trono egipcio por los etíopes, los pueblos de Nubia, los sirios, etc. En ciertas épocas reinaban en el país, cada uno en su territorio, cinco faraones a la vez y todos de diferentes nacionalidades.
La agonía del Imperio acabó con la llegada de Alejandro Magno que convirtió el país en una provincia griega, como otra cualquiera. La gente empezó a hablar griego y a vivir bajo el poder de los faraones Ptolomeos, conocidos, gracias a su más famosa representante, Cleopatra VII, que murió en circunstancias trágicas por su amor al romano Marco Aurelio.
Posteriormente, los nómadas semitas volverían a Egipto, recuperando lo que les había quitado hacía dos milenios el faraón Amhose. Y son precisamente los descendientes de aquellos nómadas los que hoy en día muestran a los turistas y, por supuesto, por un nada módico precio, la tumba de “su faraón” Tutankamón, el último representante del ‘Siglo de Oro’ de la civilización que existió en el Antiguo Egipto.
LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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